Los textos inútiles de Adolfo Ariza.
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La valiente utilidad de “Los textos inútiles” de Adolfo Ariza

Análisis de su obra del escritor y crítico literario Adalberto Bolaño.

Por Adalberto Bolaño Sandoval

Una introducción sobre lo irónico y lo paradójico

Cuando tú ves el paradójico e irónico título del cuentario de Adolfo Ariza Navarro, interpretativamente te pones a pensar, desde un comienzo, que el autor, desde el término “textos” le ha puesto mucho veneno desdeñoso a ese nombre, pues lo está asumiendo como con posibles afirmaciones falsas (porque es un libro de cuentos), y porque, además (o especialmente) lo desdeña, quizá desde su propia categoría, (en)cerrándolo, descategorizándolo, con lo cual lo hace más deleznable, más inútil.

Pero también puede ser lo contrario: parece decirnos: “Aquí tienen estos putos textos”. O, también, nos está retando: “Lector, ¿quieres saber lo que te ofrezco?” Pero démosle la palabra al propio Ariza, quien manifiesta en su Prólogo del libro algo sobre ello y sobre lo que muchos escritores han afirmado acerca del porqué consideran su arte inservible. Adolfo expresa (ahora, sí él mismo) que esos cuentos no están “para salvar el mundo”, ni para ser sus “augures fatales. —Y continúa, porque—. Los literatos somos, simplemente, gente inútil que hace cosas inútiles (algunas incómodas), pero siempre inútiles”.

No obstante, cuando comenzamos a leer “Los textos inútiles”, sucede lo contrario, pues aparecen muchos relatos que representan, (y, más que todo) resultan muy “incómodos”, tan cuestionadores y llenos de certezas ficticias y ciertas en relación con la realidad, con el mundo y con lo que sucede en Colombia,  que comienzan a dinamizarnos imágenes, interpretaciones y nuevas nociones sobre el arte de escribir, acerca de su originalidad y relevancia como arte, así como situarnos nuevamente en el universo.

Pero reiteremos: ello conlleva una pregunta ontológica para el autor: ¿Es o no su arte vano? De algún modo constituye cierto drama de aparente contradicción entre la identidad: lo que quiere esa escritura, lo que puede decir, y si no lo alcanza. Incertidumbre como la que le sucedió a San Agustín (no Santo Tomás), cuando divagaba en sus contradicciones religiosas, por allá a finales del siglo IV y comienzos del V, cuando ante ellas una voz divina le dijo, entregándole la Biblia: “Tolle, lege”, es decir, “Toma, lee”, o “Déjalo ya y lee”. Y es cuando, nosotros, entonces, nos destinamos a leer esta obra literaria, y responder sobre la posible puerilidad de esos textos. 

Y al comenzar a leer “Los textos inútiles”, afrontamos, como con cada nuevo libro que empezamos (me refiero como a cualquier lector), una percepción desde el filo de la navaja, que se balancea más entre lo valioso que con lo deleznable, y es allí cuando advertimos lo primero, al darnos cuenta de que se cumple lo paradójico y lo irónico señalado al comienzo.

Porque, por lo primero, este cuentario resulta aparentemente contradictorio, por su supuesta “incompetencia” o inutilidad, pero, sin embargo, revela una dura y afortunada recreación sobre la violencia colombiana, profundizando, antes que nada, en personajes e historias bien delineados, en medio en los conflictos guerrerísticos y la vileza criminal que afronta esa población. Y su manera relevante es la de realizarlo de un modo fehacientemente artístico, manifestando los dolores y las contradicciones humanas.

En cuanto a lo irónico, se observa en los relatos un arte de excelente elaboración, negando su propio título, burlándolo, mostrando una recreación sarcástica, contraria a la naturaleza negativa-afirmativa de este, y, al mismo tiempo, expresando una posición de vida y cosmovisiva fuerte y también conmiserativa del autor (y algunas veces festiva, como en el cuento “Animador de velorios”, por ejemplo) sobre lo acontecido, pero, sobre todo, por retratar e iluminar profundamente las situaciones que reflejan a una Colombia oscuramente incorregible, destrozada en muchos lugares. Entonces, lo paradójico juega con lo irónico, y este juega y se combina con lo paradójico, propio de un país irredento. Estos juegos aparentemente retóricos (y especialmente esta literatura) revelan de manera insondable esos dolores de nación.

Los textos inútiles de Adolfo Ariza.

De premios y calidades

Adolfo Ariza Navarro nació en el departamento del Magdalena, en La Avianca, un corregimiento de Pivijay, donde la intimidación y los conflictos armados se entronizaron desde los años 80, hasta comienzos del siglo XXI. Por allí corrieron la guerrilla, los grupos delincuenciales, los paramilitares y el ejército, como corredor estratégico, cundiendo el dolor y otras sangres y despojos provocados a una localidad aterrorizada y desamparada, y que, merced a esas mismas cuitas conflictivas y su subsiguiente abandono, desapareció la población. De allí surgió su experiencia literaria.

El resumen de la hoja de vida narrativa y lírica de Ariza Navarro la transcribo a continuación, tomado textualmente de muchas y cualquier parte: es un narrador, ensayista y poeta, que ha ganado varios concursos literarios a nivel nacional e internacional, entre ellos: X Bienal Nacional de Novela José Eustasio Rivera con “Afuera estaba la noche” (novela, 2006), así como Premio Internacional Juan Rulfo de Novela Corta, por “Mañana, cuando encuentren mi cadáver” (2009). Así mismo, en poesía ha sido premiado con el Premio Ciudad de Santa Marta, con “Regresemos a que nos maten, amor” (2008), y “Estas son mis palabras” (2018). También recibió el premio de literatura Ciudad de Barranquilla con “Los cuentos de H y otros textos” (2018). Ha publicado, además los libros de relatos “Instrucciones para matar un caballo” (2017), “El gringo de la avioneta” (novela, 2019, y al que no he tenido acceso) y el texto que comentaremos, del 2018, editado por la Universidad del Magdalena. Vive en Barranquilla.

Y entrando ya en materia, si desestimas el supuesto reto inicial de Ariza, aparentemente negativo sobre el libro mencionado(“inútiles”), y comienzas a introducirte en su mundo narrativo, encuentras un universo verdaderamente afortunado, literaria, artísticamente hablando, por ser un escritor de una larga y excelente trayectoria.

Muestra de su preocupación escritural con el libro que nos compete, Ariza Navarro indica en el Prólogo que utilizó muchas técnicas y reconstrucciones para estos cuentos, fundamentándose en varias premisas (estoy hablando como el narrador borgiano aristotélico de una de la narraciones del libro): no solo se valió: a) de su experiencia sobre el poder y el arte de contar, sino también: b) de las destrucciones de muchos de esos relatos; c) y, también de reelaboraciones, en razón de encontrar, mirados desde la distancia, errores inmediatistas generados por la ira y la orfandad con que fueron escritos inicialmente, creados bajo un “sentimiento de rabia e indefensión”, ante lo cual sufrieron “un vuelco estructural y narrativo”.

En total, son 25 cuentos los publicados, nueve de ellos pertenecientes a “Instrucciones para matar un caballo”, y otros dos a “Los cuentos de H y otros textos”, dato que saco de la mirada que realicé a algunos textos del autor, pero que sería (siempre) importante que la editorial o el mismo escritor se encargaran de señalar esa proveniencia en alguna parte del libro, ya como dato bibliográfico, como mera información o para quienes deseen esas noticias, aparentemente decorativas. 

Pues bien, una revisión acerca de las temáticas del libro, nos permiten entrever que, justamente “El hombre del bar”, pertenece a los “Los cuentos de H y otros textos”, mientras “El amor de María”, seguramente inédito hasta este libro, “La casa de la abuela”, “El profesor Iriarte o la casa de las llaves” y “Monólogo del agente Guzmán”, tocan diferentes tópicos a los de la violencia armada, aunque también implican ciertos giros de beligerancia. En el primer texto se explicita una historia de ciencia ficción, conjugada con una excelente muestra de “realismo”, pero que, por ello mismo, deja traslucir, con mucha fortuna, ese mismo tipo de creación.

En “El amor de María” la cotidianidad amorosa de la pareja es obliterada, en una segunda fase, por las largas horas de sueño de la protagonista, rompiendo la armonía sexual, mientras que su esposo, con aires humanitarios, después de dañarse dicha relación, resuelve continuar cuidándola. Quizá el machismo allí no deja de redundar.

“La casa de la abuela” muestra un ominoso clima de envidias, trampas, situaciones de humor negro y sátira, que retratan los intereses de una familia compleja por apropiarse de la casa que dejó la progenitora mayor muerta. La narración es contada, como la mayoría de cuentos de Ariza, con una imaginación libérrima y constante y cada vez más creativa en todas sus partes, así como mucho sarcasmo.

Por último, el cuento sobre el profesor Iriarte revela los chismes, diretes y decires de ciudad K, acaso alusión a Kafka, donde, de alguna manera, el escritor logra recrear con gran socarronería las vicisitudes de esta aparente sociedad en que las relaciones secretas rompen con la cotidianidad.

Relatos dialogantes de violencia irónica y paradójica 

Lo importante en estos textos narrativos es lo que le sucede a la gente de a pie, quienes, mediante la escritura de Ariza Navarro, adquieren la concepción de seres de carne y hueso, describiendo su interioridad, sus comportamientos muchas veces delincuenciales, cínicos, sádicos, estoicos o herejes, infantiles o inocentes, en algunos casos. La dosis de humanidad que les imprime el autor, nos hace verlos desde todos los ángulos del conflicto armado. Si en una entrevista Adolfo Ariza confiesa que los primeros en salir del pueblo eran los tenderos, por la “idea era acabar con el aprovisionamiento de los grupos alzados en armas”, el primer cuento llamado “La carta” lo cuenta el hermano de una tendera, a quien primero roba y luego le escribe cartas, cínicamente, para sacarla de la población.

Cobra aquí, en mucho, la realización de ficción y realidad, en uno de los relatos, tanto así, que aparece el “Flaco de los Ariza”, en posible relación autobiográfica y autoficcional con el autor.

O también en “La apuesta”, donde los dos amigos juegan y compiten cínicamente sobre quiénes morirán en el pueblo, contándose, como era de esperarse, el tendero y otros más. En estos dos relatos lo irónico y lo paradójico surge, pues el destino se burla, irónicamente de ellos, en el caso de estos dos muchachos, al quedar entre los elegidos de la lista, naciendo, así, lo incomprensible, lo paradójico. Como lo es en “La carta”, indicada antes, en la que un hermano extorsiona a su hermana, para, irónicamente, quedarse con su tienda. O así también como en “Los hombres hermosos”, quienes conforman, contradictoriamente, las imágenes de los que nada se sabe, llenos de silencios, pero que también, revelan la atracción de hombres y mujeres, para finalmente, convertirse en signos del Mal y la muerte.

El destino del  narrador y su amigo se vuelve contradictorio y paradójico al mismo tiempo, porque sus mentes obnubiladas, tal vez homosexualizadas, no evalúan quiénes son esos personajes, y caen en la lista de los seguros asesinados por ellos mismos.

Existen, al mismo tiempo, elementos que se repiten en muchos de los relatos: la Empresa, una intermediaria paramilitar, que se conecta con la población o los propios ganaderos, para salvarlos o extorsionarlos, o, por sí misma, se convierte en representación de los propios paramilitares. Y una prolongación de estos ejecutores son los que desfilan en “La lista”, quienes, desde allí podrían sellar su destino a los ganaderos a extorsionar, así como sucede en “El lector de cartas” y en “La carta”. Se emparientan estos tres cuentos en que alguien o muchos están leyendo, ya cartas, ya textos, o la propia realidad. Existe, a este respecto, una hermenéutica de la vida y de la lectura, como el caso de “Los hombres hermosos”, donde el narrador interpreta mal la presencia de los paramilitares atractivos.

Pero también se conectan los cuentos no solo por la temática, sino por el cruce de información o motivos, porque (desgajando en detalle) en “El lector de cartas” se encuentra un paralelo con relación al peso de la escritura en “La carta”, cuando el narrador manifiesta: “Las cartas son como un animal vivo que se negaba a ser encerrado de nuevo”, lo cual podría afirmarlo también el contador del segundo relato.

Otra coincidencia es la de “La lista”, con esos seleccionadores de la muerte, y “Ella tenía los pechos redondos y grandes como toronjas”. Mientras los protagonistas del primer cuento “echan cabeza” para seleccionar a sus víctimas, descubrimos que ellos solo son simuladores de las suertes de los otros, porque los asesinos también vienen por ellos, como en “Los hombres hermosos”. Que puede conectarse con lo que evidencia el narrador-periodista de “La Empresa”: “Hice un nuevo ejercicio imaginativo. Se me ocurrió pensar que cada quien, en el campo o en las ciudades, tenía una lista de sus enemigos y un ejército a suposición para eliminarle”.

La otra conexión, con del segundo cuento, es que esa mujer de pechos grandes va en busca de que la incluyan en un inventario para que la asesinen, yendo para ello a donde un intercesor de los paramilitares, que no lo hace, al dejar esta responsabilidad a su asistente, quien tampoco los notifica. Finalmente, no logra ser notificada o asesinada, reclamándole al intermediario, quien, como parte de pago, había usufructuado de su cuerpo. Ante esta falta de responsabilidad, le toca enfrentarse a los reclamos de los asesinos.

Regresemos a que nos maten de amor.

Más paradojas, ironías, infracciones, originalidades y estilo

Otra mirada desde la paradoja y la ironía se presentan en “El cementerio” y “A Joaco no le dan permiso para salir como a los otros muertos”. En el primero está la narración dura y centrada en las directrices de los paramilitares de no permitir los entierros de los muertos locales en su camposanto, para obligarlos, además, a que se desplacen los vivos y llevarse a sus enfermos, y también los muertos.

En el segundo relato, los muertos reviven, conformando una rebelión contra los vivos, para intentar de nuevo estar en la cotidianidad y compartir con ellos. Lo que se observa, quizá, para el narrador y el autor es la naturalización de la dicotomía vida-muerte. Como cuando en el cuento se lee: “En este pueblo, los vivos no saben cuándo están muertos ni los muertos saben cuándo se convierten en fantasmas que empiezan a salir entre los vivos”. Pareciera retomar el mundo de “Pedro Páramo”.

Otros dos textos que dialogan intertextualmente son “La Empresa” y “El pájaro”, donde aparece Fidel Amarillo, un ganadero, y el sobrino de este, en el segundo cuento, apodado “El pájaro”, un sicario peligroso. Lo que más llama es la técnica de las voces traslaticias, el cuento dentro del cuento, dentro de la narración, como cuando el narrador comenta: “La historia me la contó mi mujer, quien a su vez la escuchó contar de los labios de su hermana, la esposa de José Pablo, por lo que tengo que aceptar que viene bastante contaminada, pues, al final, termina siendo una versión de tercera mano”

Ello me recuerda el cuento borgiano “La intrusa”, cuando comienza: “Dicen (lo cual es improbable) que la historia fue referida por Eduardo, el menor de los Nelson, en el velorio de Cristian (…) hacia mil ochocientos noventa y tantos (…) Lo cierto es que alguien la oyó de alguien (…) y la repitió a Santigo Davobe, por quien la supe. Años después, volvieron a contármela en Turdera, donde había acontecido. La segunda versión, algo más prolija, confirmaba en suma la de Santiago, con las pequeñas variaciones y divergencias que son del caso”.

Y hablando de inverificables o difíciles influencias, acaso podría pensarse, rizando el rizo, en influencias kafkianas y borgianas en “Víctor hablaba con los carros”, en esa enumeración de premisas (que señalé al comienzo, y que van de la A a la Z) que llevaron al asesinato del protagonista, el líder comunal de esa narración. Esa enumeración de premisas se corresponde, desde otro ángulo, por supuesto, con el inventario de las obras “visibles” encontradas a Menard, en el cuento “Pierre Menard, autor del Quijote”, de Borges. Pero son obvias las diferencias, pues las razones del asesinato de Víctor no se comparan con los textos legados por Menard, pero sí en ambos relatos se introduce la selección de elementos enumerativos que pretenden ser demostraciones filosóficas, rompiendo entonces la tradicional estructura de un cuento. 

Con ello, quizá busca Ariza Navarro mostrar cómo la paradoja filosófica se convierte en ironía literaria. Por ello quizá el epígrafe de la narración indica: “Un sujeto es igual a la suma de sus predicados”, con lo cual busca desarrollar el relato a partir de elementos filosóficos, pero mostrando a un personaje en sus íntimos repliegues humanos, contextualizándolo con el tejido social que lo acompaña y que contribuye con su muerte. Donde Borges inflama a su texto de mucha intertextualidad literaria, Ariza la convierte en un texto donde preocupa más la demostración de hechos y razones conflictivas y de muerte dolorosa.

Y este es quizá el relato donde Ariza Navarro carga más la pluma crítica, como se puede leer en algunas citas sobre ello: “…todos sabemos quiénes fueron sus autores materiales: los paramilitares”. Y en el párrafo siguiente: “pocos ignoran que, por la época, quienes gebernaban y asesinaban en el país eran los paramilitares (…) Los homicidas que actuaban a título personal, por esos años hicieron de las suyas. Tiraban la piedra y escondían la mano”. Y cerrado ese párrafo, continúa la sorna en el siguiente: “Toda la culpabilidad recaía sobre la criatura nacida de la mano tendida y el generoso corazón colombiano”. O, para entresacar esta última cita, de entre muchísimos más del mismo relato: “En realidad, un comandante de estos hacía las veces de un pequeño tirano en una comunidad”

Por ello, no se crea que este cuento o todo el libro contiene índices panfletarios. No: la literatura, el arte todo, busca narrar las infracciones, señalar las consecuencias de lo acontecido. Darle pábilo, luz a lo oscurecido desde muchas fuentes. Y una de estas estrategias es la de que muchos narradores, salvo algunos que señalé arriba, son víctimas, algunas inocentes, pero otros personajes narradores son lectores ilustrados de la realidad, profesionales, periodistas, o personajes cotidianos que su papel asumen con un lenguaje cuestionador, introduciéndose con mayor exhaustividad en lo que ven a su alrededor: ejercitando una mirada que no resulta solo del contexto local, aino que se vuelve nacional, continental, universal.

Se trata de una literatura que catapulta una observación recóndita sobre las crisis humanitarias. Y que, redimensiona, con el poder de la recreación y fuerza  artística, la situación existencial de personajes inmersos en el barro de la guerra, el abandono, el desplazamiento y la muerte.

Ahora, frente a las “influencias” o intertextualidades indicadas antes, entre otras, la “naturalización” de las muertes en “A Joaco no le dan permiso para salir como a los otros muertos” y que antes apuntábamos acerca de lo rulfiano, kafkiano o borgiano, consideremos mejor lo siguiente: estos estilos u originalidades de estos escritores, ya nos pertenecen a todos: los aportes artísticos (o críticos) que abrieron senderos, pertenecen, transformados, digeridos, también son nuestros.

Y nosotros, propio también de los críticos, usamos la intertextualidad de Genette y de otros aportes de los estudiosos para encontrar (tal vez infamemente) sentidos donde no los hay. Y es que el humor, el sarcasmo, la ironía, el uso del lenguaje popular y un lenguaje desenfadado permiten delinear la huella propia de Ariza: lo inverosímil se cruza con verosímil, la sátira y la oralidad con lo literario, lo cotidiano con lo extraordinario, pero bajo parámetros de lo “normal”, lo “natural”, además del detallismo de la imaginación, con lo que sale ganando el lector.

Porque se trata de hallar apariencia de influencias, pero la escritura propia, la originalidad permanece en la escritura de “Los textos inútiles”, que afrontan su propio cuestionamiento de la realidad conflictiva que nos atosiga permanentemente.

Colofón

Quise solo presentar algunos cuentos de Adolfo Ariza. Quise hablar de algunos temas. Quedan por fuera muchos relatos por analizar. Pero se trata de lo siguiente: esta es una invitación a leer la obra de este autor. Para ello, los dejo, además, con unos versos de su poemario “Regresemos a que nos maten, amor”, cuyas trazas líricas respiran, de igual manera, la dolorosa guerra que sucedió en La Avianca (en nuestra Colombia amarga).

Regresemos a que nos maten, amor.

Tomemos lo que nos queda,

Lo poco que no ha dejado esta ciudad.

Atravesemos el puente

Y volvamos a que nos maten (…)

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